Don Práxedes tuvo una librería de viejo pequeña, de esas de barrio, durante casi treinta años, en una esquina de la colonia Álamos. Cuando decidió cerrar por su edad, nos buscó para el inventario final.
No fue una revisión como las demás. Cada libro que sacábamos de sus anaqueles tenía una historia que él quería contar: quién se lo había vendido, quién lo había buscado durante años, qué cliente en particular lo hubiera querido.
Tardamos toda una tarde en algo que normalmente nos toma menos tiempo, pero no había ninguna prisa. Era el cierre de treinta años de trabajo, y merecía ese ritmo.
Al final, cuando cargamos la última caja, don Práxedes se quedó parado en la puerta vacía un momento largo, en silencio.
Nos dijo, ya con la cortina abajo, que se sentía extraño pero también en paz: sus libros seguirían circulando, aunque ya no fuera él quien los entregara uno por uno.
Momentos así nos recuerdan que este trabajo va más allá de mover libros de un lugar a otro. A veces acompañamos el cierre de una vida entera dedicada a ellos.