Durante la mudanza de la familia Casillas, su hijo de ocho años, Tadeo, insistió en ayudarnos a cargar las cajas más chicas, aunque nadie se lo pidiera.
Entre caja y caja, nos preguntó si podía quedarse con un libro de dinosaurios que había visto salir de su cuarto, uno que ya no leía pero que le seguía gustando ver.
Se lo regalamos sin dudarlo. No iba a cambiar nada en la revisión general, y la cara que puso valió más que cualquier otra cosa esa tarde.
Su mamá nos contó después que Tadeo puso el libro en un lugar especial de su cuarto nuevo, como trofeo de mudanza.
Momentos así nos recuerdan algo simple: los libros no siempre tienen que seguir un proceso formal. A veces el mejor destino es quedarse con quien de verdad lo va a disfrutar, aunque sea un niño de ocho años cargando cajas más chicas de lo que debería.