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Soltar para crecer.

Cada historia cuenta

Los libros eran de mi hija la mayor, Natalia, hace doce años se fue a estudiar a Canadá, ahí conoció a Lyam, se casaron y se quedó a radicar en Ontario, no ha regresado y la verdad no creo que lo haga, tiene dos hijos, me marcan cada semana por videollamada, pero no es lo mismo, yo quisiera abrazarlos. Me dijo que ya podía vender las cosas de su recámara, su ropa se la repartieron mis sobrinas, los muebles los donamos a una casa hogar de la colonia y para la biblioteca los contacté a ustedes. Leía muchas novelas de vampiros en inglés y francés, cuidaba sus libros con mucho cariño. La extraño.

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Ceemos que los libros usados son como un tesoro en las manos de quien los quiere leer

Por eso nos esforzamos tanto, porque también somos lectores, porque apreciamos el gesto de querer que otros aprovechen esas lecturas que nos apasionaron, que nos acompañaron en noches de desvelo, que nos llevaron a mirar el mundo de otra forma.

Cuando tu nos llamas se pone en marcha un engrane interesante, desde la oficina Marily toma la llamada y se entrevista brevemente contigo. Te hace sentir como si hablaras con alguien que conoces de años, programa tu cita y cuando termina se comunica con Gustavo quien acudirá a la cita.

El día de la visita, Gustavo llega puntual, en la camioneta en la que cargará los libros, pulcro, con su uniforme y su herramienta.

Revisará los libros, pagará por ellos y los cargará en la camioneta. Manejará el tiempo que sea necesario para llevarlos consigo a la bodega en donde Luis los recibirá.

Luis le ayudará a bajar los libros de la camioneta, los colocarán sobre bancos de trabajo y en los siguientes días con la ayuda de Alberto y de Emilio decidirán su destino.

Algunos de esos libros se irán a Ferias de libros usados, otros a librerías, algunos más con estudiantes y otros se quedarán temporalmente en los libreros de la bodega porque también nos gusta leer.

Así, hasta que todos los libros encuentren su propio destino.